lunes, 24 de noviembre de 2008

1 de abril

El hedor del cadáver se hacía más intenso conforme transcurrían las semanas, pero no era rival para la basura acumulada durante casi un lustro por la propietaria. Encarna habia tenido una vida triste y aburrida, una niña de la posguerra de família humilde que había empezado a trabajar a los diez años. Se casó con un hombre honrado y trabajador, tan humilde y aburrido como su vida, que le dio tres hijos. El mayor, guapo como James Dean y otro rebelde sin causa, dejó los estudios y acabó de camionero del Mercadona. Sus dos hijas compartían el oficio de peluqueras y eran propietarias de un salón de belleza como otros tantos en su barrio. Los hijos se habian marchado a la ciudad. Encarna se quedó en el pueblo que los vió crecer, y en el que una vez hubo una niña que soñaba con ser actriz, como la Garbo, acostarse con prestigiosos productores y acabar suicidándose por la infravaloración de la sociedad como Marilyn. Quería salir en las carteleras de todo el mundo, tomar el sol en exóticas playas e interpretar grandiosos papeles, como Elizabeth Taylor de Cleopatra. Pero en lugar de acabar sus días como la Taylor, enlustrando sus Oscar, había acabado en la misma casa en la que nació, tantos años atrás, sola como siempre.

Ya estaba sola cuando todo el pueblo empezó a llamarla loca y a mandar a los servicios sociales para llevarse la basura amontonada. Le daba igual, ya estaba acostumbrada al olor, y como nunca tenia invitados no se preocupaba del aspecto de la casa (ni de ella misma). Decían que tenia el síndrome de Diógenes. En realidad simplemente se había despreocupado de tirar las bolsas de basura que se acumulaban día a día. Es increíble la cantidad de residuos que puede generar una sola persona diariamente. Esto era un resquicio de interés en la monótona vida de Encarna. Se sentia algo especial al ser la loca del pueblo, la diagnosticada con una enfermedad llamada síndrome. Además de Diógenes, un sabio de la antigüedad clásica. Al final su indiferencia y el desinterés por la vida la habia devuelto algo de protagonismo.

Pero eso ya no importa, porque Encarna murió sola, rodeada de pestilencia y sueños rotos, vieja y rota.



El tiempo no se va a detener porque yo lo diga.

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