lunes, 15 de diciembre de 2008

Escapar,,


Las drogas son maravillosas porque te abren la mente. Te hacen comprovar que la
verdad no existe, que todo es relativo. La droga te da otra visión, otra
dimensión. Te hacen ver que nada es lo que parece, que nada es. La única
realidad es tu realidad. Y será capaz de ver lo que tú seas capaz de ver.

Martín (Hache)

La verdad es que no vengo del espacio exterior. Es un estado de divergencia
mental. De pronto me encuentro en el planeta Oko, soy parte de la élite
intelectual que se prepara para subyugar a las órdas bárbaras de Plutón. Pero
aunque para mí se trata de una realidad totalmente convincente en todos los
sentidos, sin embargo es sólo producto de mi psique. Yo soy mentalmente
divergente y con ello escapo de ciertas realidades inombradas que invaden mi
vida. Cuando deje de ir allí, estaré curadx. ¿Y tú? ¿También eres mentalmente
divergente?

12monos

jueves, 4 de diciembre de 2008

Ella, con lágrimas en los ojos, le pidió que se fuera. No podía. Ella le amaba con todo su ser, pero si alguien les veía, morirían. Él, por su parte, estaba dispuesto a defender su amor con su vida.

Los dos, solos, desnudos. Los ojos de ella brillaban de agua marina, fijos en los de él. Él, recorriendo con sus manos cada curva del cuerpo de ella. Un beso metafísico les unía. Un beso que paró el tiempo, y con eso el latido de sus corazones. Eso, y su amor. Él enredó sus dedos en el cabello de ella. Ella acarició el pecho de él. Se miraron. Una mirada lo dijo todo.

jueves, 27 de noviembre de 2008

24 de enero

Era ya de noche cuando me despertó ese delicioso aroma. No era un perfume cualquiera, era ella. Claro que era ella. Sólo ella era capaz de presentarse en mi habitación mientras yo dormía después de mil juergas y resacas y encenderse un canuto con tanta elegancia.
La encontré sentada en la vieja butaca forrada de cuero rojo, observando las luces de fuera por el balcón. Era tan perfecta… era inalcanzable. Siempre sería mi mejor amiga, nada más. Las sofisticadas curvas de su esbelto cuerpo que nunca sería mío me invitaban a zambullirme con los dedos en su sedosa melena tostada y bajar hasta acariciar el final de su espina dorsal, y de pasar el resto de la eternidad mirando en sus ojos del color de la fruta del olivo.
Era solo cuestión de tiempo hasta que me percatara de que estaba perdiendo los estribos y le pidiera que se marchara, luchando por no lanzarla sobre mi cama y tirármela ahí mismo. Y a pesar de todo lo que pasaba por mi cabeza mientras la observaba, aun era mi pequeña, mi hermana, mi amiga.

No era la primera vez que me encontraba en una situación así .

lunes, 24 de noviembre de 2008

1 de abril

El hedor del cadáver se hacía más intenso conforme transcurrían las semanas, pero no era rival para la basura acumulada durante casi un lustro por la propietaria. Encarna habia tenido una vida triste y aburrida, una niña de la posguerra de família humilde que había empezado a trabajar a los diez años. Se casó con un hombre honrado y trabajador, tan humilde y aburrido como su vida, que le dio tres hijos. El mayor, guapo como James Dean y otro rebelde sin causa, dejó los estudios y acabó de camionero del Mercadona. Sus dos hijas compartían el oficio de peluqueras y eran propietarias de un salón de belleza como otros tantos en su barrio. Los hijos se habian marchado a la ciudad. Encarna se quedó en el pueblo que los vió crecer, y en el que una vez hubo una niña que soñaba con ser actriz, como la Garbo, acostarse con prestigiosos productores y acabar suicidándose por la infravaloración de la sociedad como Marilyn. Quería salir en las carteleras de todo el mundo, tomar el sol en exóticas playas e interpretar grandiosos papeles, como Elizabeth Taylor de Cleopatra. Pero en lugar de acabar sus días como la Taylor, enlustrando sus Oscar, había acabado en la misma casa en la que nació, tantos años atrás, sola como siempre.

Ya estaba sola cuando todo el pueblo empezó a llamarla loca y a mandar a los servicios sociales para llevarse la basura amontonada. Le daba igual, ya estaba acostumbrada al olor, y como nunca tenia invitados no se preocupaba del aspecto de la casa (ni de ella misma). Decían que tenia el síndrome de Diógenes. En realidad simplemente se había despreocupado de tirar las bolsas de basura que se acumulaban día a día. Es increíble la cantidad de residuos que puede generar una sola persona diariamente. Esto era un resquicio de interés en la monótona vida de Encarna. Se sentia algo especial al ser la loca del pueblo, la diagnosticada con una enfermedad llamada síndrome. Además de Diógenes, un sabio de la antigüedad clásica. Al final su indiferencia y el desinterés por la vida la habia devuelto algo de protagonismo.

Pero eso ya no importa, porque Encarna murió sola, rodeada de pestilencia y sueños rotos, vieja y rota.



El tiempo no se va a detener porque yo lo diga.

domingo, 23 de noviembre de 2008

6 de mayo



Esa noche habían disminuido considerablemente las temperaturas. Tenía los labios azules y los párpados translúcidos, parecía que si la estiraras de alguna extremidad se partiría. Sentada, immóvil, en la silla de la cocina.

Esa noche recordó todo desde el principio, día por día, paso por paso, segundo por segundo. La primera vez que vió su rostro pensaba que moriría de placer, la última que moriría de angustia. El cansancio se había apoderado de su alma a base de palos, durante dos años y cuatro meses. En su corazón sólo quedaba dolor, miedo y desesperación. La esperanza ya había zarpado, ella se quedaba sola en el puerto de la desolación.

Recordaba unos meses entrañables, ensuciados por la mentira y el frío suelo en contacto con sus moratones. Después de la primera bofetada ya nunca había sido igual. Antes el sexo era por amor, a cualquier hora del día y con todo el cariño. Ahora se había reducido al sustitutivo de la hora de masturbarse de él, a las 9:40 cada noche, los sábados también a medianoche: ábrete de piernas y reza para que se corra rápido y no te pegue.

Pero prefería no entrar en detalles. Pronto se acabaría todo. Su pesadilla tocaría su fin, y llegaría el mejor sueño de su vida, el sueño eterno.

Ahora sería libre, el cuchillo ya hacía brotar de sus venas sangre caliente a borbotones. No había vuelta atrás.