jueves, 27 de noviembre de 2008

24 de enero

Era ya de noche cuando me despertó ese delicioso aroma. No era un perfume cualquiera, era ella. Claro que era ella. Sólo ella era capaz de presentarse en mi habitación mientras yo dormía después de mil juergas y resacas y encenderse un canuto con tanta elegancia.
La encontré sentada en la vieja butaca forrada de cuero rojo, observando las luces de fuera por el balcón. Era tan perfecta… era inalcanzable. Siempre sería mi mejor amiga, nada más. Las sofisticadas curvas de su esbelto cuerpo que nunca sería mío me invitaban a zambullirme con los dedos en su sedosa melena tostada y bajar hasta acariciar el final de su espina dorsal, y de pasar el resto de la eternidad mirando en sus ojos del color de la fruta del olivo.
Era solo cuestión de tiempo hasta que me percatara de que estaba perdiendo los estribos y le pidiera que se marchara, luchando por no lanzarla sobre mi cama y tirármela ahí mismo. Y a pesar de todo lo que pasaba por mi cabeza mientras la observaba, aun era mi pequeña, mi hermana, mi amiga.

No era la primera vez que me encontraba en una situación así .

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