
Esa noche habían disminuido considerablemente las temperaturas. Tenía los labios azules y los párpados translúcidos, parecía que si la estiraras de alguna extremidad se partiría. Sentada, immóvil, en la silla de la cocina.
Esa noche recordó todo desde el principio, día por día, paso por paso, segundo por segundo. La primera vez que vió su rostro pensaba que moriría de placer, la última que moriría de angustia. El cansancio se había apoderado de su alma a base de palos, durante dos años y cuatro meses. En su corazón sólo quedaba dolor, miedo y desesperación. La esperanza ya había zarpado, ella se quedaba sola en el puerto de la desolación.
Recordaba unos meses entrañables, ensuciados por la mentira y el frío suelo en contacto con sus moratones. Después de la primera bofetada ya nunca había sido igual. Antes el sexo era por amor, a cualquier hora del día y con todo el cariño. Ahora se había reducido al sustitutivo de la hora de masturbarse de él, a las 9:40 cada noche, los sábados también a medianoche: ábrete de piernas y reza para que se corra rápido y no te pegue.
Pero prefería no entrar en detalles. Pronto se acabaría todo. Su pesadilla tocaría su fin, y llegaría el mejor sueño de su vida, el sueño eterno.
Ahora sería libre, el cuchillo ya hacía brotar de sus venas sangre caliente a borbotones. No había vuelta atrás.
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